ARTES PLÁSTICAS
Desde junio se pueden admirar tres importantes muestras en el Centro Cultural Recoleta. La más destacada, por la importancia del tributo, es la de "Borges: ecos de un nombre", sobre la vida y obra del gran escritor. Pero también se pueden ver obras de los autores argentinos Eduardo Molinari y Liv Schulman.
Jorge Luis Borges, su vida, sus amores, sus fotos, escritos y hasta su habitación, son la esencia de la exposición “Borges: ecos de un nombre”, que se inauguró a fines de mayo en la sala Cronopios del Centro Cultural Recoleta, Junín 1930.
Curada por Rodrigo
Alonso, Daniel Fischer y Maximiliano Tomas, la muestra que aborda tanto la
obra como la vida pública y privada del autor de “Ficciones”, en un
homenaje integral que conmemora los 40 años de su muerte, sucedida el 14 de
junio de 1986.
Realizada junto
a la Fundación Internacional Jorge Luis Borges y con la colaboración de la
Biblioteca Nacional Mariano Moreno, la muestra propone una mirada colectiva
sobre la figura y la obra del gran escritor argentino, en la que se pueden ver
objetos personales, primeras ediciones, manuscritos, fotografías, objetos,
memorabilia y hasta una recreación del cuarto del departamento de Plaza San
Martín en el que vivió casi toda su vida.
Además de una
completa cronología de su vida, gigantografías con imágenes inéditas y material
audiovisual que ilustran su juventud y madurez, "Borges: ecos de un
nombre” incluye valiosas recreaciones con una proyección animada en forma
de holograma que traerá a la vida al autor de El Aleph, y un espacio de lectura
donde el público podrá leer sus obras.
Asi, Borges
recupera la voz en esta muestra donde el cuarto del autor de “El Aleph”,
recreado con los muebles originales, es el corazón de la gran exhibición que se
puede visitar en el Centro Recoleta, donde también se pueden ver dibujos del
escritor, e inclusive varios manuscritos con esa casi minúscula letra que utilizaba para sus relatos.
Esta expo que abarca varias facetas de la vida del escritor incluye desde el Borges más íntimo, el que dormía en un cuarto pequeño y austero con un catre y una mesita de luz, decorado solo con la figura de un tigre en una pared hasta el escritor de letra minúscula, casi ilegible, que usaba hojas sueltas de cuadernos de contabilidad para sus manuscritos, que corregía con obsesión e ilustraba con birome.
No deja de
lado al personaje mediático que solía ser tapa de las revistas de actualidad
con declaraciones que causaban controversias y el protagonista de memes
desopilantes que se viralizan en las redes sociales y se reenvían en grupos de
WhatsApp. Tanto en paredes como en vitrinas, bordadas algunas zonas con un gran
espejo que da una sensación de amplitud especial, hay todo tipo de objetos que
tuvieron que ver con su existencia.
Hay objetos
personales (corbatas, anteojos, bastones, un par de zapatos negros, una toga
con birrete que usó para recibir un Honoris Causa), primeras ediciones y
ejemplares anotados de su biblioteca, cuatro biblias intervenidas con frases,
fotografías familiares, afiches de películas basadas en sus textos, postales
enviadas a Estela Canto, la carta natal firmada por Xul Solar y
un retrato de una jovencísima María Kodama pintado por su hermana Norah,
entre otras piezas.
“Algo que me obsesionaba al pensar la muestra –explicó Tomas- es que muy probablemente para más de la mitad de la gente que venga al Recoleta, ésta será su primera aproximación a Borges. La idea del holograma es generar ese primer acercamiento”.
Los curadores señalan
que se propusieron mostrar al escritor de “forma realista”. “Que caminara por
la noche por el sur de Buenos Aires y se cruzara con el gato Beppo o que se
sentara en un sillón agarrado del bastón a recitar un poema porque la voz de
los 8 minutos es su voz. Lo que hicimos fue acomodar las imágenes a su voz
real”, agregó el director del Recoleta.
Molinari y los Hijos de la
Luna
Simultáneamente,
en la sala J, adyacente a la Cronopios, tiene lugar “Hijos de la Luna”,
del artista Eduardo Molinari, con curaduría de Javier Villa. A
cincuenta años del último golpe de Estado en la Argentina, la muestra pone el
foco en las juventudes de los años setenta que buscaron formas de desobediencia
por fuera de los moldes establecidos.
La exposición revisa la aparente dicotomía entre rock y militancia revolucionaria destacando las zonas de cruce entre ambas experiencias. A partir de materiales de época, con ejemplares de revistas como Pelo y gráfica clandestina intervenida, Molinari construye un entramado visual donde historia, memoria y símbolo se entrelazan.
El recorrido se
extiende desde los bombardeos a Plaza de Mayo de 1955 hasta la
recuperación democrática, atravesando el período de la última dictadura
militar. En ese trayecto, las imágenes astrales —la luna, el sol, la estrella—
funcionan como fuerzas simbólicas que organizan un imaginario en tensión entre
contracultura y acción política.
Liv Schulman y su primera
muestra
Por su parte, en
la sala C se presenta “Entusiasmo público”, de la artista Liv
Schulman, con curaduría de Carla Barbero. Se trata de su primera
exposición individual institucional en Buenos Aires, que reúne obras realizadas
entre 2011 y la actualidad.
A través de
ficciones documentales, series, performances y textos, Schulman trabaja
con el lenguaje como una tecnología política, explorando cómo los discursos
contemporáneos organizan la experiencia social, gestionan los afectos y modulan
el deseo.
Con una fuerte impronta en el humor y el absurdo, sus obras revelan los mecanismos de control que atraviesan la vida cotidiana. La exposición incluye piezas clave de su trayectoria, desde la serie Control (2011) hasta producciones recientes como Un círculo que se fue rodando, premiada en el Festival Internacional de Cine de Marsella (2024).
Las tres
exposiciones podrán visitarse hasta el 30 de agosto, con entrada libre y sin
costo para residentes y argentinos, de martes a viernes de 12 a 21 horas, y
sábados, domingos y feriados de 11 a 21 horas.




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