LIBROS
Lejos de permanecer ajeno ni en una cúpula de cristal con respecto al mundo en que le tocó vivir, y pese al estilo intrincado que algunos le adjudican, Jorge Luis Borges a su manera retrató y reflejó sus sentimientos con respecto a episodios fundamentales de nuestra historia.
Al punto que muy poco antes de dejar este mundo, el autor de "El Aleph" expresó a su modo el hecho casi maldito de Malvinas a través de dos poemas que con el tiempo quedaron como marca indeleble de su sensibilidad frente a un suceso sin retorno como es las víctimas de una guerra absurda, como en general lo son todas.
Por eso, en esta fecha, donde la conmemoración y el recuerdo hacia los héroes casi olvidados se mezcla con la locura de un grupo de exaltados de una dictadura que enviaron al cadalso a muchos jóvenes, rescatamos estos dos poemas que Borges dio al mundo en 1984 (dentro de su libro Los Conjurados) y en 1985, solo un año antes de su partida.
MILONGA DEL MUERTO
Lo he soñado en esta casa // entre paredes y puertas.
Dios les permite a los hombres // soñar cosas que son ciertas.
Lo he soñado mar afuera // en unas islas glaciales.
Que nos digan lo demás // la tumba y los hospitales.
(No conviene que se sepa // que muere gente en la guerra.)
Lo sacaron del cuartel, // le pusieron en las manos
las armas y lo mandaron // a morir con sus hermanos.
Les entregaron a un tiempo // el rifle y el crucifijo.
Oyó las vanas arengas // de los vanos generales.
Vio lo que nunca había visto, // la sangre en los arenales.
Él sólo quería saber // si era o si no era valiente.
Se dijo No tuve miedo // cuando lo dejó la vida.
Su muerte fue una secreta // victoria. Nadie se asombre
de que me dé envidia y pena // el destino de aquel hombre.
Les tocó en suerte una época
extraña.
El planeta había sido parcelado en
distintos países, cada uno
provisto de lealtades, de queridas
memorias, de un pasado sin
duda heroico, de derechos, de
agravios, de una mitología
peculiar, de próceres de bronce,
de aniversarios, de
demagogos y de símbolos. Esa
división, cara a los
cartógrafos, auspiciaba las
guerras.
López había nacido en la ciudad
junto al río inmóvil; Ward, en
las afueras de la ciudad por la
que caminó Father Brown.
Había estudiado castellano para
leer el Quijote.
El otro profesaba el amor de
Conrad, que le había sido revelado
en una aula de la calle Viamonte.
Hubieran sido amigos, pero se
vieron una sola vez cara a cara, en
unas islas demasiado famosas, y
cada uno de los dos fue
Caín, y cada uno, Abel.
Los enterraron juntos. La nieve y
la corrupción los conocen.
El hecho que refiero pasó en un
tiempo que no podemos
entender.
Jorge Luis Borges- 1985

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