jueves, 2 de abril de 2026

Para Borges, las Malvinas no fueron solo un par de islas alejadas y casi inhabitadas en un mar indómito

 





LIBROS

    Lejos de permanecer ajeno ni en una cúpula de cristal con respecto al mundo en que le tocó vivir, y pese al estilo intrincado que algunos le adjudican, Jorge Luis Borges a su manera retrató y reflejó sus sentimientos con respecto a episodios fundamentales de nuestra historia. 

       Al punto que muy poco antes de dejar este mundo, el autor de "El Aleph" expresó a su modo el hecho casi maldito de Malvinas a través de dos poemas que con el tiempo quedaron como marca indeleble de su sensibilidad frente a un suceso sin retorno como es las víctimas de una guerra absurda, como en general lo son todas.

        Por eso, en esta fecha, donde la conmemoración y el recuerdo hacia los héroes casi olvidados se mezcla con la locura de un grupo de exaltados de una dictadura que enviaron al cadalso a muchos jóvenes,  rescatamos estos dos poemas que Borges dio al mundo en 1984 (dentro de su libro Los Conjurados) y en 1985, solo un año antes de su partida. 

MILONGA DEL MUERTO

Lo he soñado en esta casa  // entre paredes y puertas.

Dios les permite a los hombres // soñar cosas que son ciertas.

Lo he soñado mar afuera // en unas islas glaciales.

Que nos digan lo demás // la tumba y los hospitales.

 Una de tantas provincias // del interior fue su tierra.

(No conviene que se sepa // que muere gente en la guerra.)

Lo sacaron del cuartel, // le pusieron en las manos

las armas y lo mandaron // a morir con sus hermanos.

 Se obró con suma prudencia, // se habló de un modo prolijo.

Les entregaron a un tiempo // el rifle y el crucifijo.

Oyó las vanas arengas // de los vanos generales.

Vio lo que nunca había visto, // la sangre en los arenales.

 Oyó vivas y oyó mueras, // oyó el clamor de la gente.

Él sólo quería saber // si era o si no era valiente.

 Lo supo en aquel momento // en que le entraba la herida.

Se dijo No tuve miedo // cuando lo dejó la vida.

Su muerte fue una secreta // victoria. Nadie se asombre

de que me dé envidia y pena // el destino de aquel hombre.

 Jorge Luis Borges, Los conjurados, 1984

 


 JOHN LOPEZ Y JUAN WARD

Les tocó en suerte una época extraña.

El planeta había sido parcelado en distintos países, cada uno 

provisto de lealtades, de queridas memorias, de un pasado sin

duda heroico, de derechos, de agravios, de una mitología

peculiar, de próceres de bronce, de aniversarios, de

demagogos y de símbolos. Esa división, cara a los

cartógrafos, auspiciaba las guerras.

López había nacido en la ciudad junto al río inmóvil; Ward, en

las afueras de la ciudad por la que caminó Father Brown.

Había estudiado castellano para leer el Quijote.

El otro profesaba el amor de Conrad, que le había sido revelado

en una aula de la calle Viamonte.

Hubieran sido amigos, pero se vieron una sola vez cara a cara, en

unas islas demasiado famosas, y cada uno de los dos fue

Caín, y cada uno, Abel.

Los enterraron juntos. La nieve y la corrupción los conocen.

El hecho que refiero pasó en un tiempo que no podemos

entender.

Jorge Luis Borges- 1985

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